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Mediar entre lenguas y culturas: todo un arte

La mediación intercultural-interlingüística es una disciplina que se ha venido haciendo cada vez más necesaria con la nueva configuración de las sociedades modernas en las que conviven foráneos y autóctonos. De este modo, es absolutamente común encontrarnos en un un mismo lugar a individuos de distintas procedencias —que traen consigo sus costumbres, acentos, actitudes, formas de vivir y convivir— y que se relacionan —consciente o inconscientemente— con las instituciones, servicios públicos y, en definitiva, con las personas del país de acogida. Es en estas relaciones, que al fin y a la postre son esenciales para llevar una vida plena, donde surgen los conflictos por malentendidos comunicativos o pragmáticos y donde se hace relevante la figura del mediador intercultural-interlingüístico.

Mediar —entendida esta palabra en su sentido más amplio— «es un proceso en el que las partes en conflicto se comunican con ayuda de un mediador neutral con objeto de finalizar su conflicto. El mediador no asume capacidad de decisión alguna, simplemente orienta a las partes para que lleguen a un acuerdo» (Zeigler). De esta simple definición ya podemos deducir que la actividad de mediar no es tarea sencilla y menos aún cuando hay que hacerlo entre lenguas y culturas diferentes, ¡con todo lo que algo así conlleva!

Así pues, el mediador intercultural-interlingüístico debe, a través de sus actitudes y aptitudes, reconfigurar las diferencias —lingüísticas y culturales— de cada una de las partes en conflicto para que puedan interrelacionarse sin que se produzcan choques o enfrentamientos entre ambas. Mediar, consecuentemente, va más allá de la mera interpretación y el mediador intercultural-interlingüístico ha de ser un profesional formado y capacitado para afrontar las numerosas dificultades que derivan de su propio trabajo, entre las que hemos de destacar:

  • Su intervención continua en situaciones complejas, delicadas y, en definitiva, conflictivas;
  • sus esfuerzos para mantener una actitud conciliadora y de confianza aunque sus funciones se estén desarrollando en un ambiente tenso y estresante;
  • su respeto hacia el código deontológico en contextos profesional y moralmente comprometidos;
  • su desenvolvimiento con acentos y dialectos que le puedan resultar difíciles de interpretar;
  • su conocimiento profundo de aspectos culturales que le permitan detectar malentendidos culturales y focos de disputa;
  • su comportamiento tolerante durante toda la acción mediadora;
  • su consciente invisibilidad en la toma de decisiones de las partes enfrentadas;
  • su capacidad para trabajar conjuntamente con otros profesionales;
  • su continuo proceso de reciclaje para desarrollar competentemente su trabajo puesto que las lenguas y culturas pueden ser variables;
  • etc.

Estas son simplemente algunas de las dificultades más evidentes con las que tendrá que lidiar este profesional pero hay muchas otras puesto que la complejidad de su labor. como ya hemos anunciado desde un principio, es enorme. De ahí el título de esta entrada puesto que, conociendo un mínimo esta profesión, es realmente fácil considerar que mediar entre culturas y lenguas sea todo un arte

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